Recuerdo que estaba llorando en una roca alejada del poblado, pensando cómo un sentimiento podía doler tanto. Recuerdo que Kumb, un pequeño revoltoso con el que hice migas, se me acercó.
-¿Qué te pasa?
-¿Eh? Nada corazón, estoy triste.
-¿Triste?
-Sí, triste.
-¿Qué te pasa? ¿No encuentras agua?
Me hizo mucha gracia que me ofreciera su cantimplora de plástico, sonriente, a fin de cuentas eso era para ellos un motivo para llorar antes de que les llevásemos agua por toneladas, eso me hizo sentir estúpida por ver que sus razones probablemente fueran más merecedoras de llanto que cualquiera mía, y sin embargo ahí estaban, sonriendo. Recuerdo cómo me hizo reír mientras gesticulaba al hablar, su sonrisa siempre era la de un ángel, siempre me tocaba lo más profundo cuando me hablaba desde su inocencia.
-No, cielo, me duele el amor, te conté un poquito el otro día, me duele un sentimiento.
-¿Eso es posible?
-Sí, mira.
Recuerdo cómo presioné mi dedo en su pecho, y apreté varias veces simulando punzadas, él se echó hacia atrás y refunfuñó.
-Normal que llores... Yo no voy a sentir eso nunca. Y tú tampoco deberías.
-¿No? ¿Por qué?
-Porque Dios quiere a todo el mundo, tú lo dijiste, siempre seremos amados por él, y él expresa su cariño a través de nosotros, su familia, ¡mientras estés rodeada de la familia de dios siempre sentirás amor bueno! Y, ¿sabes qué?
-Dime, Kumb.
Y él, sacándome una sonrisa sincera, y llenándome de ese amor inocente que los niños tienen, me dijo:


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