Le gustaba el olor del mar, a lo mejor no tanto como el de
la tierra, o las flores, pero desde luego le gustaba el olor del mar, y ese
mismo aroma la transportaba a un lugar más cercano y cálido donde hubiera
querido pasar el resto de sus días; oh, la memoria, qué mortífera y nostálgica
arma es cuando se presenta en recuerdo.
Quizás lo mejor que podía hacer era sucumbir a ello y
echarse arena sobre el cuerpo, poco a poco, para que la sensación de que el
tiempo pase cese y pueda sentir que todo queda en un standby el tiempo que ella
quiera, los minutos que ella necesite para volver a subirse a los tacones y caminar
a paso firme… Mas, ¿qué paso firme? Siempre ha sido de las típicas que al posar
los pies sobre un lago lo hace poco a poco, y titubeando al notar las primeras
punzadas por ver que está fría. Ella no es de las que dan pasos firmes, ella es
de las que se sientan en la orilla y poco a poco deja que la marea la acune,
por ello, no duda en levantarse de las pequeñas dunas que los propios pies de
cientos de personas dejan en la playa para dirigirse a la orilla. Se sienta.
¿Qué importa que se moje el vaquero? Se sienta y observa apoyando las manos a
sus lados en la arena de la orilla, diferente a la del principio. Ésta es más dura, y húmeda. Qué curioso símil.
Últimamente no puede quitarse el sexo de la cabeza. ¿Se estará volviendo una
depravada? No, no lo cree, al menos eso espera, ¡qué decepción se llevarían todos!
Pero, ¿y lo bien que sienta? Clava los dedos en la arena y coge un puñado por
cada mano, sin separarlas del suelo. Siente la dureza de la arena, algunos
granos colándose bajo las uñas. Daños colaterales, piensa. Siente como la arena
se amolda a sus manos y sus manos se amoldan a la arena. Parecen una unión
perfecta, húmeda y algo rasposa. Rasposa. Recuerda que la barba le solía
pinchar cuando la besaba por los muslos. Quiere no pensar en ello. Lo quiere.
Suelta el agarre de la arena en ello, y puede notar como la arena pierde casi
toda consistencia. Sólo algunos restos permanecen en sus dedos cuando alza las
manos para verlas entre la oscuridad, casi queriendo contar cuántos granos de
arena han cogido cariño a su piel. Sin embargo, es consciente de que el resto
quedó destruido. Habían sido uno, una fusión, y ahora no son más que granos individuales. Pierde su
forma. Se desvanece su dureza. La humedad se va. Parece casi que la arena sólo
fuese capaz de estar completa, hecha, en sus manos. Sus manos... Basta. No quiere recordarlas. La arena ahora
está seca. Sin embargo, las manos de ella siguen húmedas. Qué curioso, piensa, la
orilla de la playa sabe de lo que ella habla, de repente se siente comprendida por
aquellos restos que permanecen de arena. O quizás esos restos de arena se
sienten comprendidos por ella. Qué demonios. Tanto la arena como ella están
buscando algo de cariño en esta fría noche. Tal vez se estén comunicando en
algún ritual emocional y ella no lo sabe. Nunca ha sabido comunicarse en
cuanto a sus sentimientos. No se le da bien ser comunicativa cuando más hace
falta. No sabe expresar qué guarda.
Qué frustración.
Una ola parece haber leído su mente; tímida se acerca a
acariciar sus pies, casi parezca que la consuele. Eso la reconforta. O quizás
es un placebo que quiere creer para reconfortarse. Sonríe. ¿Qué más dará? Se
queda inerte observando sus manos. Las mira. Las estudia. Trata de comunicarse
con sus nuevos amigos los restos de arena, quizás restos de amor que la orilla
le regala. Quizás restos de amor que la orilla abandona. Se siente algo confusa.
¿La orilla la quiere, o está cortando con ella? Una ola viene de nuevo. Más
larga. Más suave. Como aquellas caricias. Señor. Qué caricias. Cuánta delicadeza.
Basta. Sal de mi cabeza. Piensa. Pero... Qué manera de tocarle y recorrerla tenía. Basta. Ya vale.
Trata de olvidar. Realmente está tratando de desinhibirse de toda emoción. Quiere
llorar, pero no puede. Ni si quiera sabe si tiene un motivo. ¿La arena la ha
dejado o está dándole el amor que añora? Una ola vuelve más certera. La moja
hasta las caderas. Un momento. El mar está haciéndole el amor. ¿Se fumará
después un cigarro y sólo dejará restos de espuma en su boca cuando baje la
marea? Tiene miedo. ¿Y si el mar le hace daño también? No quiere hacer el amor
con el mar. El mar la está violando… Pero lo hace tan suave, y tan salado.
Insiste en acariciarla. Tal vez no esté abusando de ella. Tal vez sólo quiere
mimarla entre vaivenes de sus olas mientras le hace el amor. ¿Y si le promete
cosas? Serán falsas. Como la arena. La arena ha dejado sus restos en sus manos
y ahora, cuando quiera quitarse las lágrimas, sólo se le meterá más arena en el
ojo. Qué crueldad. Se siente coartada de sus propias emociones. Ya no le sale
llorar; el mar la intimida. O tal vez no. Alza la vista, quiere contemplarlo.
Parece que está calmado. No quiere discutir con ella. No quiere hacerle daño.
Sólo hacerle el amor.
Tira de su camiseta. La tira lejos. El mar quiere hacerle el
amor y ella está ahí sentada con la lefa de la arena recordándole que se ha deshecho.
Le molesta el sujetador. No lo quiere. Quiere desnudarse al mar. Quiere que la
marea la meza y le haga el amor. Se levanta, únicamente para bajarse los Levis
y las braguitas con el lacito al frente que tanto le gusta. Se desprende de
toda ropa y toda capa que la separe de ese gran desconocido que quiere tocarla.
Se siente muy sola. No se le ocurrió mejor compañía. Por eso vino a la playa.
Vino a la que fue “su playa”. Tal vez el mar le haga el amor como aquel. No. No
lo hará. Tampoco quiere. No quiere que nadie se lo haga igual. Tampoco quiere
recordarlo, o no será capaz de moverse. Poco a poco se adentra en el agua.
Primero la punta de los pies. Duda. El agua está fría. ¿Estarán igual de fríos
sus sentimientos? Desde luego no le ha prometido nada más que el cariño una
noche. ¿Y si no es suficiente? ¿Y si busca su compañía todas las noches a
partir de ahora para olvidar? Cualquiera entendería que sería un intento de
suicidio muy inesperado. Cualquier noche podría venirse abajo por los recuerdos
y no querer salir a flote. Se está ahogando en un vaso de agua. Se está
ahogando en la orilla del mar. El mar quiere hacerle daño entonces. O eso
piensa. Una ola viene con la marea, el sonido de la ola romper contra la arena
rota la envuelve, y el agua ha envuelto también sus delgados muslos que aprieta uno contra otro,
atrayéndola por inercia el mar hacia el interior. Tonta, piensa. Concéntrate en el
polvo. El mar está con los preliminares y apenas le has hecho nada con tanto pensar en recuerdos. Sabe que eso es inevitable. Extiende sus brazos, acaricia la superficie del mar, cree que eso puede
gustarle. ¿Estará el mar sintiendo gusto? ¿O sólo pretende mimarla a ella? Nada
un poco sobre él. Se siente protegida a pesar de lo mucho que le asusta el mar. Se
expande en su silencio. Puede sentir como el agua se hace dueña de su cuerpo. Lo acaricia. Lo
acaricia con cuidado. El agua le está susurrando. ¿El qué? ¿Está pidiéndome una
cita? ¿Tal vez un cigarro para después? Su propio pelo la acaricia en el agua
cuando se deja flotar. Se hace la muerta. O está muerta. No hace falta no
respirar para estar muerta. O al menos eso piensa ella. Nota que comienza a
hundirse. Maldita nostalgia. Así no hay quién se evada. Quiere hundirse. No. No
quiere. Pero se hunde. O al menos eso cree. Uf, menos mal. El mar sólo estaba
jugando a abrazarla. El mar. De repente no es tan frío. Puede notar como la
relaja, como peina su pelo. Puede sentir como un escalofrío le recorre la
columna cuando cierra los ojos y se deja mecer por las caricias del mar.
Intenso. Silencioso. Romántico. Él sabe que no podrá hacerlo igual. Pero desde
luego le está dando cariño.
¿Cuánto tiempo pasa? Minutos. Tal vez demasiados. Lo mismo
una hora, su piel está ligeramente arrugada. ¿Qué pasa? El mar la mueve. Parece
que lleve una dirección. Se deja mecer por la corriente. De repente se
encuentra en la orilla. Dejada suave y tiernamente por las olas que la trajeron.
Cierra sus ojos en la orilla. Se mantiene tumbada. Desnuda. Erizada. Querida
por el mar. Se deja acariciar por la brisa. Se deja embaucar por el olor. ¿Es
éste el olor a sexo del mar? Está segura de que no ha sido un polvo. Ahí han
hecho el amor. Tal vez una orgía con la arena y los peces cotillas. Se levanta.
Mierda. Ahí están. Los restos de arena. Pegados a su piel, a su pelo. No se van
a desprender. Y ahora, ¿Cómo tomárselo? ¿Es la arena reclamando que no me vaya?
“No te vayas” quiere oír. Como quiso oír muchas veces. Si la arena le hubiese
respondido, en su mente seguramente hubiera dicho acorde a su necesidad “Sin
ti, me desmorono”. Sería algo literal, no hay duda. Pero sacado de contexto,
joder, qué bonito. Se siente triste de nuevo. Quiere escucharlo. O no quiere. O
quiere, pero se niega a admitirlo. Al menos no delante de su inesperado amante al que se dispone a abandonar,
el mar. El amor con el mar. Las caricias. Los besos. Los abrazos. Y ahora la
tristeza. Y de pronto otra ola. Más fuerte. Ruda. La sacude con fuerza. Le ha
hecho daño incluso. Pero la ha sentado. La ha mantenido ahí, y la arena se le
ha pegado con más fuerza. Ahora lo entiende. La playa está tan confundida como
ella. Tal vez le de rabia haberla visto venir esta noche sola. Sin compañía.
Tal vez por eso le ha hecho el amor con tanto mimo. Tal vez por eso no la
quiere dejar ir hasta que no sea con una sonrisa. Pero qué sonrisa hay. ¿Qué
queda? Vuelve a coger la arena. La estruja con fuerza y se la esparce por los
brazos. Está fría. Pero también raspa. Y es eso lo que está buscando. Quiere
esa sensación de placebo para poder dormir. Necesita sentirlo. El olor del mar
siempre le recuerda a aquella noche en la que se desnudó frente a aquel. Cada
vez que olía el mar revivía todo ello. Quizás por eso buscó que le hiciera el
amor esta noche. Cada vez que olía el mar se transportaba. Podía sonreír. E,
incluso, casi podía sentirle correr a su alrededor buscándola si cerraba los
ojos y se concentraba en el viento. Le gustaba el olor del mar, a lo mejor no
tanto como el de la tierra, o las flores, pero desde luego le gustaba el olor
del mar, y ese mismo aroma la transportaba a un lugar más cercano y cálido
donde hubiera querido pasar el resto de sus días.